Goethe fue un poeta romántico. Sentía nostalgia por
ese fútbol menottista que supo deslumbrar al argentino medio en la década del
70. Cuenta la leyenda que el joven Werther, aquel sufriente personaje de su
juvenil novela epistolar, decidió arrancarse de sí su vida no porque su amor a
Lotte no haya sido correspondido... sino porque ella se iba a casar con un
bilardista pincha rata.
Teoría crítica: School days
Típica serie nipona
de animé que trata la vida de un pibe tímido que se enamora de una minita y una
amiga les hace el puente. Hasta ahí, el paradigma de la comedia romántica posmo
de cierto erotismo softcore animado. Sin embargo, los personajes allí inmersos, desprovistos de una
normativa institucional sobre la cual referenciarse, son continuamente
expuestos a la violencia psíquica que deviene, sobre el final, en colapso
mental y explosión de violencia física.
Si bien los personajes son por momentos demasiado superficiales, retrata
en alguna medida la forma de la relación afectiva en la contemporaneidad.
Nivel de libertad abstracta: 80/100
Nivel de apología posmoderna: 40/100
Nivel de estereotipación: 85/100
Nivel de consecuencias: 100/100
Nivel de enseñanzas para hacer de éste un mundo mejor: 00/100
Mi calificación: 3/5 Detesto a la posmodernidad.
Is the fuckin' Green Revolution!
Sí, sí… volvimos después de muchos
meses. No sabés que feo que es Rusia. Nos cagamos de frío y tenemos mil
anécdotas que contar. Por ejemplo: un cosaco nos rompió el culo a patadas. Cami
quería que se lo rompieran de otro modo, ¡pero son jodidos los tipos, eh! Otra:
nos ofendimos mucho porque el guardia
tenía un sombrero de piel. Nosotros ni ahí vamos a usar piel de animales. El
guardia le ofreció a Cami que se abrigara un poco con la piel de un lobo y la
muy valiente se negó de principio a fin, por lo que se le entumecieron y
gangrenaron los dedos del pie y se los tuvieron que amputar.
En fin, fueron 3 largos meses ahí,
combatiendo desde adentro contra la soberanía de un Estado Nacional que
hábilmente reclamó toda la costa del Ártico después de la Segunda Guerra
Mundial. Por suerte, como somos de una ONG re copada, no nos pueden acusar así
nomás de hacerle el juego a la derecha geopolítica yanqui. ¡No! Nosotros somos
re progres y nuestra intervención no tiene que ver con la política
internacional estadounidense. A nosotros nos importa que no se derritan los
hielos porque los osos polares se van a quedar sin tierra y se van a morir
ahogados. ¡Nada más! ¡No queremos que nos digan tantas cosas feas! Nuestra
acción es re noble y con fines súper copados. Por eso, dejá de ocupar tu cabeza
en los problemas inherentes al ser humano, que es una mierda, y ponete las
pilas para salvar el mundo sin ninguna finalidad aparente. ¡Unite a Greenpeace,
idiota!
Nosotros la vamos a seguir agitando con
Cacho, el patovica ecológico que valientemente nos aplaude a nuestras espaldas,
y con Yami, Vani, Dani y Cani, nuestras botineras ambientalistas. Todavía falta
mucho, pero hoy hay menos pandas muertos que ayer. Gracias a todos por las
bancadas en twitter y facebook. Los re queremos pese a que sean humanos.
Camila y Hernán, héroes de la
Revolución verde.
Party (& Tea Party)
Érase una vez un joven aprendiz de
psicoanalista llamado Niño Freud. Él quería saber la raíz del deseo. Pero
saberla posta, nada de más o menos entenderla. Saberla en sentido hegeliano, es
decir, producirla, manifestarla exteriormente, como en un consolador o una de
esas vulvas de silicona que se venden en los mejores sex-shops. Niño Freud
estaba con sus amigos en una celebración; era el natalicio del Pibe Adler, al
cual tuvieron que hacerle una fiesta sorpresa porque, de lo inseguro que es, no
quería joder a nadie. Un boludo: fue un montón de gente… Igual lamentó que el
Joven Jung se fuera a ver a Charly García ese día y, por tanto, estuviera
ausente. Muy mal por el Joven Jung; dejó
la autoestima del Pibe Adler en el suelo.
La cosa es que Niño Freud estaba tomando
un fernet mientras parlaba sobre el precio de las vulvas de silicona con Lou,
que por esas épocas tenía hueso con
Paul Rée, cuando, de la nada, se apareció una pendeja por el living. Su figura
era saludable, quizás un poco robusta para el gusto estético tan refinado de
Niño Freud; sus cabellos eran dorados como el preciado tesoro azteca, sus ojos
disparaban miradas fugaces hacia toda la habitación con efervescente dinamismo,
revelándose de un fino color ámbar. Sus labios, pintados con delicadeza por un rush rojizo, seducían más que Julieta
Prandi en un sketch de Francella. Vestía una blusa negra y una pollera animal print: sí, estaba re gata. Lou,
cuya atención bamboleaba entre Niño Freud, quien ya se había clavado cuatro
fernets al hilo, y algún chongo que le diera fiesta, empezó a hablar de los
problemas de su vida conyugal. Así, le comenzó a revelar a nuestro héroe que
Paul Rée y ella no habían cogido nunca, pero que se hacían los fiesteros para
que Nietzsche no la siguiera acosando. Entonces él, con su habitual humor judío
made in Manhattan, le señaló que el bigotudo hacía más de 100 años que estaba
debajo de la tierra. Ambos rieron despreocupadamente. Y así, entre inquietos
cruces de miradas y nerviosas mordidas de labios, ella invitó a su confidente a
alejarse de la vista de todos para, entre besos y caricias, quedar ambos
desnudos y enganchados como perros.
Pero Niño Freud estaba en otra. No
es que la rusa no estuviera buena, pero no le fascinaba ni un poco que ella metiera látigo alegremente. No. Él estaba para algo más tranqui. A él le gustaba
más dominar… y siempre desde atrás. Y la pendeja rubia animal print estaba para hacerla mierda. Nada de eufemismos: sólo
chirlos en la cola. Por eso Niño Freud, habiendo consumado la ingesta de su
quinto fernet, pasó su manga de camisa por los labios para secarse velozmente,
e inflando su pecho del atrevimiento típico del más bárbaro inconsciente –o
subconsciente-, salió a cazar tigres al living.
- Hola – escupió.
- Hola – le respondió ella con
distancia, evitando el contacto visual.
Típico de mujercitas, de agrandadas.
La cosa estaba difícil, pero Niño Freud era un hombre de mil batallas, un
gladiador de primera hora. Por eso no desistió pese a esa postura desinteresada,
apática e indiferente de su interlocutora:
- ¿Querés tomar un fernet? –
aventuró.
- Gracias, pero si tengo ganas de
tomar, me sirvo – respondió ella secamente.
- ¿Cómo te llamas?
Y agitando su melena dorada, la
pendeja posó sus ojos inquisitorialmente en la mueca artificial que se dibujaba
en los labios de Niño Freud. Así estuvo tres minutos, o tres horas, o tres
años. Cuando, superada de su letargo, retomó la compostura, se disculpó ante
él: “Es que me dan unas ganas…”. ¿Ganas de qué? Niño Freud estaba confundido.
Tan confundido quedó que se retiró a la interioridad. Nada de charlas hoy. ¿Y
Lou dónde quedó? Se fue… a subirle la autoestima a Adler, seguro. Maldito
cumpleañero y su actitud sufriente para coger por lástima. Igual le sale bien.
Y entre divagaciones y divanes, Niño
Freud se apuñaló a sí mismo con una botella. Pero lo más absurdo es que no la
había roto antes, por lo que la herida no dejó de ser un pequeño dolor
ocasionado por el impacto de aquel objeto contundente. La chica animal print, quien había presenciado
tan confusa escena, se dio un pase de merca y lo volvió a saludar, pero esta
vez con un intenso chupón en el cachete. La situación era excitante y la sangre
brotaba del rostro sorprendido de Niño Freud, pues su compañera no era en
realidad una mujer sino una sanguijuela de pantano amazónico. Finalmente,
volvió a preguntar su nombre.
- Soy Angela Merka. Encantado de
conocerte.
RAJOY, M., Aventuras de Niño Freud y otros relatos tan posmo que meten miedo,
Valencia: Pre-Textos, 2013.
Obituario
Murió uno de los más contemporáneos
promotores de la posmodernidad en los medios de comunicación. Nacido del huevo
de una serpiente, peleó toda la vida por llegar a ser alguien. Irónicamente, lo
consiguió a través de su holgada billetera, mas ella no acabó nunca de
personalizarlo en un mundo primitivamente anónimo. Así, en su búsqueda
constante por llegar a ser alguien, instrumentalizó la tecnología a su alcance,
que no era otra que la cadena de montaje televisiva, y la humanidad lo conoció bailando por un sueño.
Siendo una de las expresiones más realizadas
del fantasear tilingo del nuevo rico y sus viajes a Miami, pronto su figura
impactante devino cáscara vacía y deshecho empresarial para Canal 13. Las
preguntas habituales sobre su condición sexual, sobre el origen de sus riquezas
o sobre la salud mental de sus hijos pasaron de hacerse a viva voz por la opinión
pública a resguardarse en la indiferencia típica del hombre promedio ante la
pobreza. Y es que si bien no era un hombre pobre,
sí se lo predicó como un pobre
hombre. Y así, destelló por instantes en su antigua casa, revelando cada vez
más misterios de su intimidad. Pero como los pantalones Oxford, estaba
condenado al paso de moda.
Sin embargo, no estaba dispuesto a
aceptarlo. Así, el hijo pródigo se marchó a América e hizo su propio show televisivo,
invirtiendo millones para mostrarse tal como quería: una encarnación de la copa
que derrama. Pero la cosa no salió bien y el programa fue levantado por su
escasa audiencia. Los sponsors nunca se interesaron. Él no podía solventar el gasto
total durante mucho tiempo y, así, nuevamente desapareció del aire otra vez.
Finalmente, enfermó de gravedad como
consecuencia de su consumo de morfina, que le impedía sentir el constante dolor
de las infecciones estomacales que le pudrían sus órganos con pus. Luego de un
viaje por el coma, del que se pensaba que no iba a volver, apareció un día
frente a las cámaras mostrando un rostro desnudo –su rostro desnudo-, carente de maquillaje, gel para el pelo y bronceado;
carente de vellosidad capilar y de cualquier tipo de cabellera: era la criatura
de Frankenstein. Pero a diferencia de ella, él comenzó a profetizar un místico
amor por la vida. Y luego no supe más de él sino gracias a algún flash
informativo, de esos que reviven hasta a los fantasmas. Pero ya no puede
revivir más. Se le acabaron las fichas en el arcade.
Y hoy lo recordamos porque, en
definitiva, más allá de su aberrante presencia –o bien gracias a ella-, pudimos
encarnar la condición humana posmoderna. Y así, reflejarnos un poco a nosotros
mismos. ¡Hasta siempre, Ricky!
God bless ONG
Apoyo a Greenpeace. ¡Los rusos son re, pero
re malos! ¡Pero malos, malos, eh! ¿No te acordás cuando mataron a Apollo Creed
-que seguro, por ser negro, estaba en un estadio evolutivo inferior a los
rubios de ojos claros como su asesino-? ¡Eso es falta de códigos! ¡¡Encima Iván
Drago era un determinista!! ¡Aguante Estados Unidos y sus postulados de
libertad abstracta!
Ya que estamos, Greenpeace se tendría que poner las
pilas denunciando la base naval de Guantánamo. Digo, ya que a los prisioneros
que torturan física y psicológicamente ahí están despojados de las garantías de
defensa de la humanidad que debería ofrecer un Estado de derecho, no deberían
ser tan diferentes a las pobres ballenas cazadas por barcos japoneses
(recordemos que los japoneses también son malos... ¡pero malos, malos, eh!).
Y si no denuncian a Guantánamo afirmando que el
hombre es malo en sí mismo (esencialmente malo, malo), no entiendo por qué esa
ONG tan popular invierte tiempo, publicidad y cash, especialmente, en una
cruzada política para salvar a la gente (que es esencialmente mala) del
cautiverio cuando hay tan pocos pandas en el mundo (recordemos que el panda es
re lindo)...
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| ¡Miralo! ¡Es DI-VI-NO! |
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