Transporte público: el domador de perros

Encontrábame yo, fatigado por el trajín de la jornada, sentado sobre el piso de un vagón de tren, cuando, decidido a bajarme cerca de la salida de la Estación San Miguel, avancé con seguridad hacia los primeros vagones del San Martín. Llegando a Bella Vista, detúveme pues había mucha gente delante de mí y opté por sentarme en un lugar disponible, dado que mi equipaje era sobremanera pesado. Frente a mí, hallábase un hombre de delgada figura, vestido con una levita color blanca de material sintético y hablando a través de su móvil con una dama, de la cual no conozco nada. El hombre en cuestión parecía poseído por mil demonios, pues en su rostro dibujábanse muecas nerviosas involuntarias mientras su cuerpo bamboleaba de manera ecléctica sobre su asiento. Figurábase su buen humor en la conversación con la mujer del otro lado de la línea, pues entre las volátiles expresiones que gesticulaba sin quererlo, aparecíase una rebosante sonrisa a la par que su tono, amable y gentil, invitaba a pensar en un temperamento amistoso. Así, púseme a oír un poco de la conversación que él llevaba adelante y me di cuenta que tirábale a ella los perros… o bien hablaba de perros que tiraban cosas. Así, oí decirle:
- Sí, cuando era cachorra era complicada: le gustaba jugar y mordía los muebles. Pero ahora pasaron los años y ya creció. Es más atenta, me pregunta cómo ando, qué quiero comer. La verdad es que tener una perra así es un regalo del cielo.
El hombre continuaba así la conversación con su confidente, mientras no detenía sus torpes movimientos y ademanes físicos. No comprendíale si la “cachorra” en cuestión era un espécimen canino o una mujer (“su perra”). Si era esta última opción, juzgaríalo entonces como un misógino; mas de ser la primera, seríale recomendable un tratamiento psiquiátrico. ¿Acaso hallábame delante de un hombre capaz de decodificar los ladridos de su can? ¿O solamente era un lunático que exhibíase en su absoluta inadecuación de sí con el mundo frente a todos? Ambas son preguntas que jamás podré responder con absoluta certeza. Y continuaba:
- La verdad es que estoy muy cansado como para salir, pero me tiro una siestita cuando llegue a mi casa y si veo que estoy con ganas, nos vemos a la noche, ¿dale?... Bueno… Bueno… Sí, sí… Dale. Besitos. Te quiero.
Y así, dificultosamente, dispuso lo mejor de sí para poder guardar su móvil en uno de los bolsillos de la levita, mientras su rostro y su cuerpo continuaban contorsionándose alocadamente, como una irracionalidad jacobiana. Veíanse con claridad y certeza cartesianas el enorme esfuerzo que llevaba adelante para poder cumplir su cometido. ¿Lo consiguió? ¡Por supuesto que sí! ¿Y yo qué? Bamboleaban en mis reflexiones aquellas sentencias del magnánimo Arturo Schopenhauer, quien dijera en su momento que uno siempre puede sentirse mejor consigo mismo refiriendo a la desgracia ajena. (Un optimismo muy burdo, pero maravilloso). Pero, sin embargo, perturbábame sobremanera que aquel sátiro que manifestóme toda su excentricidad en menos de 5 minutos halló de una manera más que eficiente un espécimen para la deposición de humores genitales. Así fue que bajéme, perturbado por las contradicciones, en la estación San Miguel, la cual, por haber sido reacondicionada, me dejó más lejos de la salida de la misma que si hubiera permanecido en un principio estático.

Fragmento de ARAUJO, M., Niño Freud: Momentos cotidianos en el Conurbano Bonaerense o crónica del feudalismo, Buenos Aires: Eudeba, 2017.

Lévinas en el Conurbano


El rostro me miró y me robó las zapatillas. Yo soy responsable…

Flor de pensamiento



Está bueno saber que en Haití, además de sida y catástrofes naturales, hay también buena música.

Transporte público: la rubia pretendida

Encontrábame yo, sumido en conceptuaciones dentro del colectivo, cuando dos mujeres sentáronse junto a mí con aires de superación de todo tipo de reflexiones. Una de ellas, cuya rubia cabellera y esbelta figura de armonía interna volveríanla objeto fetiche de cualquiera, comandaba la conversación con la otra, a la cual mis ojos no captaron con atención por ocuparse de contemplar a la primera. La rubia, pues, púsose a hablar sobre un pretendiente que había conocido en las redes sociales. El individuo en cuestión, a quien alcancé a vislumbrar fugazmente en una fotografía que ella mostróle a su amiga y que provenía, aparentemente, del perfil social del susodicho, mostraba a un joven de “27 años” (según su pretendida) que exhibíase a sí mismo semidesnudo delante de un espejo. Veíanse así sus bien formados músculos.
Sin embargo, la fémina mostrábase en cierto grado indiferente hacia él, pues otro partido manifestábase para ella de una manera mejor. El joven en cuestión, también de 27 años y “Re lindo”, tenía para ella “los mejores detalles”. ¿Cuáles? Los de un caballero, pues. Él invitábala a salir y pagaba todo. Y hacíalo siempre, sin importar que hubiéranlo recientemente “echado de su trabajo”. Su pretendida admirábalo aún más por ello, pues el altruismo que él demostraba era incomparable. Otro detalle en cuestión fue el siguiente: él regalóle “una hermosa y muy útil billetera”. Sorprendióme a mí que ella no hubiera captado el mensaje implícito detrás del regalo. Sin embargo, ella dudaba, pues él nunca habíale declarado su amor ni habíale dado pautas de cómo actuar en el futuro. Quizás, pienso ahora, a él preocupábale no quedar en situación de calle antes de comenzar una relación seria. La fémina, aún así, estaba más enganchada que Luis Barrionuevo con el acto electoral (?), pero temía que él no sintiérase feliz con ella. Por ese motivo, decidíase –entre divagaciones y divanes- por no descartar a su musculoso amigo de redes sociales, pese a que su corazón estaba con el desocupado. Historias de amor y dramas cotidianos que cuéntanse en el colectivo. Lo único que pensé cuando hube bajado fue que debí haberle reprochado la falta de comprensión del regalo de su desempleado pretendiente.

Fragmento de ARAUJO, M., Niño Freud: Momentos cotidianos en el Conurbano Bonaerense o crónica del feudalismo, Buenos Aires: Eudeba, 2017.