Blackisser

JC:¿Esta pibita?¿[Es] de la UNGS? ¿Es la Valkiria?
Moi: she's not the valkirie. Tenemos unos amigos en común. Pegamos buena onda. Apliqué mi teoría sobre las minas y Cortázar, que consta en decir que "Rayuela me rompíó el bocho"…
JC: Jaja. Yo funciono al estilo Rayuela, ni bien empiezo a hablar ya quiero pasar a la parte de la cama.
Moi: ¡Ja! Bien ahí, con lo de Rayuela.
JC: A mí me funcionó una vez Kafka… No me preguntes cómo.
Moi: ¡JAJA! Y eso que Kafka tiene poco power de coger.
JC: Si, muy poco
Moi: Yo creo que lo de Rayuela es el tonito love story teenager que tiene por momentos. Cortázar era medio sexópata. Lo de Kafka me llama la atención; es como calentarse leyendo 1984.
JC: Si. Sospecho que debo haber sido yo y Kafka me usó para hacerse fama de que hablando de sus retorcidos cuentos uno puede llegar a coger… y acá estoy divulgándolo; cumpliendo su cometido de promulgar su fama por el mundo.
Moi: Impresionante. Y permitime la pregunta: ¿Te llevaste a la cama a la susodicha?
JC: Debo reconocer que sí.
Moi: Oh, impresionante. ¿Y tuviste que hacer un trámite burocrático? ¿Mandar una carta documento? Al estilo: "Estimada: Vengo a solicitar que me deje penetrar su orificio vaginal durante la próxima media hora".
JC: Esto se pone turbio, pero si a beso negro se refiere, tengo que decir que sí. ¡Jajaja, re podri!
Moi: ¡Jaja! ¿Le diste un beso negro a la mina? ¿Sos así de turbio?
JC: No, era joda. Onda que no había entendido lo de “burocrático” y confesaba sin querer… igual si, pasó, ¡jaja!
Moi: ¿Lo del beso negro alguna vez? ¿O pasó el garche sencillo y sin beso negro mediante? JC, de tu respuesta dependerá que deje que me vuelvas a dar un beso cuando me saludes…
JC: Pasó, pero voy a aclarar que sólo un idiota se compra un chocolatín en pleno verano. Lo que quiero decir es: hubo un tanteo y reconocimiento del porcentaje de contaminación y el resultado fue nulo.
Moi: ¡Jajaja! Me imagino que andabas con los medidores de radioactividad. Una onda Chernobyl.
JC: ¡Jajaja! Sí. Igual fueron segundos, hubo elogios de la otra parte. Y buen, todo el que vuelve es héroe de guerra.
Moi: ¿No te tuviste que dar una ducha desintoxicante? ¿Onda cuando visitás Chernobyl que te dan manguerazos?
JC: ¡JAJAJA!
Moi: ¿Y fue una actitud voluntaria o la mina te lo exigió?
JC: Si tuviese la oportunidad, a esa chica, se lo haría nuevamente. La verdad que venía muy bien de ahí.
Moi: Porque si andaba con el área limpia, implica que intuía que lo ibas a hacer. Bidet a full
JC: No, no… todo se remota a un amigo que tiene más historias que el Diego. Y siempre contaba cosas de ese calibre y más.
Moi: Por ahí te vio cara de perrito que mete el hocico en culo ajeno.
JC: Resumiendo: nos recomendó probar, previo reconocimiento de campo.
Moi: ¿Le preguntaste cómo se lava el culo? Para recomendarlo a minas que no tengan el área tan purificada.
JC: Sí, me dijo que le dice a todos que se lo chupen. ¡Jaja!
Moi: Es una buena táctica. ¿Te puedo decir "Blackisser"?
JC: ¡Jajaja! Eeh… Seee… Igual una vez lo hice nada más y fueron segundos. Y repito que si puedese, a esa mujer, se lo haría nuevamente… a otra no [lo] sé.
Moi: Aparte, imagínate: andás re enamorado, te vas a coger una mina y decís: "Le voy a hacer un beso negro para demostrar mi amor, mi altruísmo"…, bajás
JC: ¡¡¡Y PAH!!!
Moi: Y ves que hay mierda, pero mierda vieja… seca… de generaciones pasadas. Después de eso, no podés ver a la mina con los mismos ojos… Es impresionante que estemos hace como 40 minutos hablando del culo en acto sexual y el tema no se haya agotado todavía.
JC: Sin duda, es inagotable.

Fragmento  de RAJOY, MARIANO, Jean Paul Sartre y Niño Freud: cartografía posmoderna de la concha de  la libertad abstracta, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2018.

Historias de vida


Goethe fue un poeta romántico. Sentía nostalgia por ese fútbol menottista que supo deslumbrar al argentino medio en la década del 70. Cuenta la leyenda que el joven Werther, aquel sufriente personaje de su juvenil novela epistolar, decidió arrancarse de sí su vida no porque su amor a Lotte no haya sido correspondido... sino porque ella se iba a casar con un bilardista pincha rata.

Teoría crítica: School days



Típica serie nipona de animé que trata la vida de un pibe tímido que se enamora de una minita y una amiga les hace el puente. Hasta ahí, el paradigma de la comedia romántica posmo de cierto erotismo softcore animado. Sin embargo, los personajes allí inmersos, desprovistos de una normativa institucional sobre la cual referenciarse, son continuamente expuestos a la violencia psíquica que deviene, sobre el final, en colapso mental y explosión de violencia física.
Si bien los personajes son por momentos demasiado superficiales, retrata en alguna medida la forma de la relación afectiva en la contemporaneidad.

Nivel de libertad abstracta: 80/100
Nivel de apología posmoderna: 40/100
Nivel de estereotipación: 85/100
Nivel de consecuencias: 100/100
Nivel de enseñanzas para hacer de éste un mundo mejor: 00/100

Mi calificación: 3/5 Detesto a la posmodernidad.

Is the fuckin' Green Revolution!


Sí, sí… volvimos después de muchos meses. No sabés que feo que es Rusia. Nos cagamos de frío y tenemos mil anécdotas que contar. Por ejemplo: un cosaco nos rompió el culo a patadas. Cami quería que se lo rompieran de otro modo, ¡pero son jodidos los tipos, eh! Otra: nos  ofendimos mucho porque el guardia tenía un sombrero de piel. Nosotros ni ahí vamos a usar piel de animales. El guardia le ofreció a Cami que se abrigara un poco con la piel de un lobo y la muy valiente se negó de principio a fin, por lo que se le entumecieron y gangrenaron los dedos  del pie y se los tuvieron  que amputar.
En fin, fueron 3 largos meses ahí, combatiendo desde adentro contra la soberanía de un Estado Nacional que hábilmente reclamó toda la costa del Ártico después de la Segunda Guerra Mundial. Por suerte, como somos de una ONG re copada, no nos pueden acusar así nomás de hacerle el juego a la derecha geopolítica yanqui. ¡No! Nosotros somos re progres y nuestra intervención no tiene que ver con la política internacional estadounidense. A nosotros nos importa que no se derritan los hielos porque los osos polares se van a quedar sin tierra y se van a morir ahogados. ¡Nada más! ¡No queremos que nos digan tantas cosas feas! Nuestra acción es re noble y con fines súper copados. Por eso, dejá de ocupar tu cabeza en los problemas inherentes al ser humano, que es una mierda, y ponete las pilas para salvar el mundo sin ninguna finalidad aparente. ¡Unite a Greenpeace, idiota!
Nosotros la vamos a seguir agitando con Cacho, el patovica ecológico que valientemente nos aplaude a nuestras espaldas, y con Yami, Vani, Dani y Cani, nuestras botineras ambientalistas. Todavía falta mucho, pero hoy hay menos pandas muertos que ayer. Gracias a todos por las bancadas en twitter y facebook. Los re queremos pese a que sean humanos.


Camila y Hernán, héroes de la Revolución verde.

Party (& Tea Party)

Érase una vez un joven aprendiz de psicoanalista llamado Niño Freud. Él quería saber la raíz del deseo. Pero saberla posta, nada de más o menos entenderla. Saberla en sentido hegeliano, es decir, producirla, manifestarla exteriormente, como en un consolador o una de esas vulvas de silicona que se venden en los mejores sex-shops. Niño Freud estaba con sus amigos en una celebración; era el natalicio del Pibe Adler, al cual tuvieron que hacerle una fiesta sorpresa porque, de lo inseguro que es, no quería joder a nadie. Un boludo: fue un montón de gente… Igual lamentó que el Joven Jung se fuera a ver a Charly García ese día y, por tanto, estuviera ausente. Muy mal por  el Joven Jung; dejó la autoestima del Pibe Adler en el suelo.
La cosa es que Niño Freud estaba tomando un fernet mientras parlaba sobre el precio de las vulvas de silicona con Lou, que por esas épocas tenía hueso con Paul Rée, cuando, de la nada, se apareció una pendeja por el living. Su figura era saludable, quizás un poco robusta para el gusto estético tan refinado de Niño Freud; sus cabellos eran dorados como el preciado tesoro azteca, sus ojos disparaban miradas fugaces hacia toda la habitación con efervescente dinamismo, revelándose de un fino color ámbar. Sus labios, pintados con delicadeza por un rush rojizo, seducían más que Julieta Prandi en un sketch de Francella. Vestía una blusa negra y una pollera animal print: sí, estaba re gata. Lou, cuya atención bamboleaba entre Niño Freud, quien ya se había clavado cuatro fernets al hilo, y algún chongo que le diera fiesta, empezó a hablar de los problemas de su vida conyugal. Así, le comenzó a revelar a nuestro héroe que Paul Rée y ella no habían cogido nunca, pero que se hacían los fiesteros para que Nietzsche no la siguiera acosando. Entonces él, con su habitual humor judío made in Manhattan, le señaló que el bigotudo hacía más de 100 años que estaba debajo de la tierra. Ambos rieron despreocupadamente. Y así, entre inquietos cruces de miradas y nerviosas mordidas de labios, ella invitó a su confidente a alejarse de la vista de todos para, entre besos y caricias, quedar ambos desnudos y enganchados como perros.
Pero Niño Freud estaba en otra. No es que la rusa no estuviera buena, pero no le fascinaba ni un poco que ella metiera látigo alegremente. No. Él estaba para algo más tranqui. A él le gustaba más dominar… y siempre desde atrás. Y la pendeja rubia animal print estaba para hacerla mierda. Nada de eufemismos: sólo chirlos en la cola. Por eso Niño Freud, habiendo consumado la ingesta de su quinto fernet, pasó su manga de camisa por los labios para secarse velozmente, e inflando su pecho del atrevimiento típico del más bárbaro inconsciente –o subconsciente-, salió a cazar tigres al living.
- Hola – escupió.
- Hola – le respondió ella con distancia, evitando el contacto visual.
Típico de mujercitas, de agrandadas. La cosa estaba difícil, pero Niño Freud era un hombre de mil batallas, un gladiador de primera hora. Por eso no desistió pese a esa postura desinteresada, apática e indiferente de su interlocutora:
- ¿Querés tomar un fernet? – aventuró.
- Gracias, pero si tengo ganas de tomar, me sirvo – respondió ella secamente.
- ¿Cómo te llamas?
Y agitando su melena dorada, la pendeja posó sus ojos inquisitorialmente en la mueca artificial que se dibujaba en los labios de Niño Freud. Así estuvo tres minutos, o tres horas, o tres años. Cuando, superada de su letargo, retomó la compostura, se disculpó ante él: “Es que me dan unas ganas…”. ¿Ganas de qué? Niño Freud estaba confundido. Tan confundido quedó que se retiró a la interioridad. Nada de charlas hoy. ¿Y Lou dónde quedó? Se fue… a subirle la autoestima a Adler, seguro. Maldito cumpleañero y su actitud sufriente para coger por lástima. Igual le sale bien.
Y entre divagaciones y divanes, Niño Freud se apuñaló a sí mismo con una botella. Pero lo más absurdo es que no la había roto antes, por lo que la herida no dejó de ser un pequeño dolor ocasionado por el impacto de aquel objeto contundente. La chica animal print, quien había presenciado tan confusa escena, se dio un pase de merca y lo volvió a saludar, pero esta vez con un intenso chupón en el cachete. La situación era excitante y la sangre brotaba del rostro sorprendido de Niño Freud, pues su compañera no era en realidad una mujer sino una sanguijuela de pantano amazónico. Finalmente, volvió a preguntar su nombre.
- Soy Angela Merka. Encantado de conocerte.


RAJOY, M., Aventuras de Niño Freud y otros relatos tan posmo que meten miedo, Valencia: Pre-Textos, 2013.